22.12.05

Pandora S.A.

Cuando Prometeo robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, Zeus creó como venganza a una mujer llamada Pandora, que recibió de Hermes una caja que jamás debería abrir. Pandora bajó a la tierra y acabó por casarse con Epimeteo, hermano de Prometeo. Aunque Epimeteo le pidió que jamás abriera la caja, la mujer finalmente lo hizo y todas las desgracias que encerraba se esparcieron por el mundo.

Cuentan que después de aquello Pandora compró la patente de aquel invento y creó una multinacional con sede en el asteroide nº 55 del cinturón del sistema solar: allí se dedicó a la fabricación en serie de pequeñas cajas; incluso arrendó una de las lunas de Saturno y colocó en ella un enorme anuncio de neón.

Mientras, en la Tierra, ciertos dioses controlaban un sector cada vez mayor del mercado. Yahvé firmó con Pandora un contrato de millones por el que las cajas de Pandora se incorporarían a un nuevo modelo que Yahvé planeaba y que se llamaría Homo Sapiens Sapiens. La operación se financió con dinero negro procedente de algún paraíso fiscal: tal vez fuera Edén.

Ahora todos llevamos muy dentro una caja de Pandora y hay llaves doradas que pueden abrirlas de improviso. Y una vez abiertas no pueden volverse a cerrar.

10.12.05

Desagüe

En alguno de los centros de cada cuarto de baño de las casas en las que he vivido hay un círculo de metal con una especie de tornillo en el centro. Yo me siento en el suelo y abro el grifo de agua caliente de la bañera. Enciendo un calefactor de aire. Siento el frío del suelo y del aire que se cuela por la rendija de la puerta, a mi derecha. Tengo la espalda apoyada en la pared. Siento el calor seco del calefactor, el calor húmedo del vapor de agua. Suena el ruido del agua y del calefactor: ese ruido me protege porque evita que el exterior exista.

Miro fijamente ese círculo de metal; todo lo demás se convierte en una sensación difusa que me llega a través de un cristal traslúcido. Recuerdo cuando era pequeño y me sentaba en el cuarto de baño de mi casa antigua, exactamente tal y como me siento ahora. Miro ese círculo de metal que es como un vórtice, como un desagüe por donde se va no el agua, sino otro tipo de cosas. Pueden irse mis fuerzas, mis miedos o mis certezas. Puede ocurrir que se me escape el aire.

Mi cerebro es gris y blando y algunas verdades demasiado duras. Se clavan sin dificultad. Se me saltan las lágrimas. Duele. Intento mirarme al espejo, pero el vapor de agua lo ha empañado y sólo veo una sombra con los ojos blancos. Vuelvo a sentarme en el suelo y apoyo la espalda contra la pared. Miro mi círculo de metal, mi vórtice. Mi desagüe.

6.12.05

Rito pagano (II)

- S'il te plaît... apprivoise-moi ! dit-il.

- Je veux bien, répondit le petit prince, mais je n'ai pas beaucoup de temps. J'ai des amis à découvrir et beaucoup de choses à connaître.

- On ne connaît que les choses que l'on apprivoise, dit le renard. Les hommes n'ont plus le temps de rien connaître. Ils achètent des choses toutes faites chez les marchands. Mais comme il n'existe point de marchands d'amis, les hommes n'ont plus d'amis. Si tu veux un ami, apprivoise-moi !

- Que faut-il faire? dit le petit prince.

- Il faut être très patient, répondit le renard. Tu t'assoiras d'abord un peu loin de moi, comme ça, dans l'herbe. Je te regarderai du coin de l'?il et tu ne diras rien. Le langage est source de malentendus. Mais, chaque jour, tu pourras t'asseoir un peu plus près...

Le lendemain revint le petit prince.

- Il eût mieux valu revenir à la même heure, dit le renard. Si tu viens, par exemple, à quatre heures de l'après-midi, dès trois heures je commencerai d'être heureux. Plus l'heure avancera, plus je me sentirai heureux. A quatre heures, déjà, je m'agiterai et m'inquiéterai; je découvrirai le prix du bonheur ! Mais si tu viens n'importe quand, je ne saurai jamais à quelle heure m'habiller le c?ur... Il faut des rites.

- Qu'est-ce qu'un rite ? dit le petit prince.

- C'est aussi quelque chose de trop oublié, dit le renard. C'est ce qui fait qu'un jour est différent des autres jours, une heure, des autres heures...

4.12.05

Rito pagano

Tengo una amiga que habla con los autobuses. Un rincón de su mente, unas pocas circunvalaciones de su cerebro tienen la forma exacta de un plano de Madrid. Conoce cada autobús, con su nombre de cuatro cifras y el ronroneo con el que la saludan. Ella sabe que los autobuses son los templos de alguna religión antigua: es en los autobuses donde las historias que no se han acabado van a morir definitivamente. Por eso muchas personas, al bajarse del vehículo, lo miran irse y sienten una melancolía que son incapaces de explicar. Con él se va alguna vida que podrían haber tenido y que seguramente hubiera sido mejor. No solemos acertar al elegir, tal vez porque los humanos somos una raza de cobardes.
Si no me creéis, observad lo que ocurre cada vez que alguien sale por la puerta. A la derecha, en la parte delantera del vehículo, se enciende una luz roja. Como la que, imitándola, se suele colocar en los sagrarios de las iglesias. La Iglesia siempre se ha nutrido de ritos paganos.

Si supiéramos ver, veríamos una maraña de historias pegada al techo del autobús, como hilos pegajosos sobre nuestras cabezas. Y al salir por la puerta, al encenderse la luz roja, todas esas historias destrozadas son la ofrenda a algún dios para que todo siga tal y como está. Solemos hacerlo: somos cobardes, y por eso inventamos dioses a los que tenemos que sacrificar el aborto de lo que no nos atrevemos a conseguir para que las cosas no cambien. Por supuesto que funciona, y así se han extendido las religiones.

Yo soy un practicante fiel. Yo, como muchos otros, he sublimado mi miedo en religión. Y, como tantos, he pecado. Porque antes de ayer bajé de un salto para no pisar el último escalón, y la luz roja no se encendió. Y dormí escuchando el sonido de la respiración de mi historia junto al pecho.