8.11.08

Cláusula de exención de responsabilidad

Escribo en espejos porque no tengo nada mejor que hacer, cuando no tengo nada mejor que hacer, cuando el tiempo se me estrecha en torno. Escribo deformando conscientemente aquello que escribo para -tal vez- enterarme de algo de lo que soy, deformando aquello tan deformado de por sí, que es lo creo, lo que sé, lo que creo saber. Es verse en un espejo que refleja el espejo que tiene puesto justo delante, es multiplicarse una y otra vez y otra y aún así no llegar a ser capaz de verse completamente del meridiano cero al 360. Escribo sin que mucha gente sepa lo que escribo o el mero hecho de que escribo, aunque muy consiciente de aquella frase de Antonio Machado: "de los diarios íntimos decía mi maestro que nada le parecía menos íntimo que esos diarios". Porque en el fondo espero que alguien distinto de yo lea esto (aunque ese alguien sea, sencillamente, lo que yo sea dentro de algún tiempo); porque además sé -ahora más- que cualquier persona puede encontrarme, o encontrar esto que en parte -sólo en parte, ni quiero ni sé explicarme de esa manera- soy yo.

Escribo en espejos deformados, cóncavos, convexos. Miro por ventanas, cuento con los dedos el tiempo de los relojes. Y al final, todo -espejo, cristal, tiempo- no son más que arena, no son más que arena deshecha. Porque para eso está la arena: para deshacerse. Para eso está el tiempo: para deshacerse. Para eso están los espejos, las fronteras, las hipótesis. Para deshacerse. Escribo porque de repente pienso que podría ser, porque más vale pájaro en mano, porque tengo alfileres finísimos clavados bajo las uñas con los que fijo estas ideas. Ideas con alas de papel de fumar que, ya sabes, podrían ser. Pero la única conclusión por ahora (que también ha nacido para acabar por deshacerse) es que todo o parte de lo anterior puede, o no, ser mentira.