Fuego para quemar tantas cosas. Para quemar la crisálida formada a lo largo de tantos y tantos días de agazaparse. El armazón áspero sobre los hombros encogidos. El cuero sobre el vientre acurrucado y temeroso: día tras día. Fuego para quemar un coche en medio de la mayor avenida. Fuego para que ardan los apliques cromados y los rellenos de los sillones y el plástico del guardabarros y el olor de la gasolina. Todos los coches ardiendo en todas las calles. Fuego para que ardan el silencio y la distancia. Fuego para que ardan las hojas secas de los árboles y la espaciada arrogancia de los postes de electricidad. Fuego para que arda de una vez por todas el Palacio de Invierno con todas sus putas mayúsculas. Fuego para quemar el hedor de los husillos de las calles y horadar las paredes de las casas con tizones negros, violando los ladrillos y el plástico aislante y el hormigón y la cal. Fuego para quemar las cámaras que te vigilan en la calle y que los vigilantes se queden ciegos de puro blanco. Fuego para quemar las iglesias y las estatuas de los dioses. Fuego para quemar el tiempo milimetrado de las cadenas de producción. Y los despachos en la quincuagésima tercera planta de la sede social de las corporaciones, con sus alfombras azules y sus muebles de diseño. Llamas altísimas doblegando a las antenas de televisión, a las chimeneas, a los rascacielos y al cielo mismo. Fuego que te atraviese los ojos y se coma la pintura de tus labios. Fuego para que nadie, nunca, pase más frío. Porque son ya millones. Millones de años sin solucionar lo más básico.
24.12.08
Fuego
Fuego para quemar tantas cosas. Para quemar la crisálida formada a lo largo de tantos y tantos días de agazaparse. El armazón áspero sobre los hombros encogidos. El cuero sobre el vientre acurrucado y temeroso: día tras día. Fuego para quemar un coche en medio de la mayor avenida. Fuego para que ardan los apliques cromados y los rellenos de los sillones y el plástico del guardabarros y el olor de la gasolina. Todos los coches ardiendo en todas las calles. Fuego para que ardan el silencio y la distancia. Fuego para que ardan las hojas secas de los árboles y la espaciada arrogancia de los postes de electricidad. Fuego para que arda de una vez por todas el Palacio de Invierno con todas sus putas mayúsculas. Fuego para quemar el hedor de los husillos de las calles y horadar las paredes de las casas con tizones negros, violando los ladrillos y el plástico aislante y el hormigón y la cal. Fuego para quemar las cámaras que te vigilan en la calle y que los vigilantes se queden ciegos de puro blanco. Fuego para quemar las iglesias y las estatuas de los dioses. Fuego para quemar el tiempo milimetrado de las cadenas de producción. Y los despachos en la quincuagésima tercera planta de la sede social de las corporaciones, con sus alfombras azules y sus muebles de diseño. Llamas altísimas doblegando a las antenas de televisión, a las chimeneas, a los rascacielos y al cielo mismo. Fuego que te atraviese los ojos y se coma la pintura de tus labios. Fuego para que nadie, nunca, pase más frío. Porque son ya millones. Millones de años sin solucionar lo más básico.
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