24.12.08

Fuego

Fuego para quemar tantas cosas. Para quemar la crisálida formada a lo largo de tantos y tantos días de agazaparse. El armazón áspero sobre los hombros encogidos. El cuero sobre el vientre acurrucado y temeroso: día tras día. Fuego para quemar un coche en medio de la mayor avenida. Fuego para que ardan los apliques cromados y los rellenos de los sillones y el plástico del guardabarros y el olor de la gasolina. Todos los coches ardiendo en todas las calles. Fuego para que ardan el silencio y la distancia. Fuego para que ardan las hojas secas de los árboles y la espaciada arrogancia de los postes de electricidad. Fuego para que arda de una vez por todas el Palacio de Invierno con todas sus putas mayúsculas. Fuego para quemar el hedor de los husillos de las calles y horadar las paredes de las casas con tizones negros, violando los ladrillos y el plástico aislante y el hormigón y la cal. Fuego para quemar las cámaras que te vigilan en la calle y que los vigilantes se queden ciegos de puro blanco. Fuego para quemar las iglesias y las estatuas de los dioses. Fuego para quemar el tiempo milimetrado de las cadenas de producción. Y los despachos en la quincuagésima tercera planta de la sede social de las corporaciones, con sus alfombras azules y sus muebles de diseño. Llamas altísimas doblegando a las antenas de televisión, a las chimeneas, a los rascacielos y al cielo mismo. Fuego que te atraviese los ojos y se coma la pintura de tus labios. Fuego para que nadie, nunca, pase más frío. Porque son ya millones. Millones de años sin solucionar lo más básico.

17.12.08

Prisa

Hoy me ha dicho un chaval que me vio el otro día con la bici, con prisas. Que siempre que me ve por la calle, voy con prisas. Con lo que a mí me gusta(ba) caminar por cualquier calle, despacito. Ahora tengo tantas cosas que hacer, pierdo la costumbre de hacer y cambia lo que soy (¿o viceversa?). Seguramente hay muchas cosas en las que ya seré irreconocible. Tal vez debería releer algún día las cartas que escribía a los quince años por si pudiera encontrar algo de mí allí o aquí. Lo apunto en mi agenda. Por ahora no tengo tiempo.

4.12.08

Se alquila

Nos están alquilando la calle, a entre 100 y 250 euros la palabra. Nos alquilan las instituciones, al precio de perder sencillamente todo. También es caro el precio de haber llegado antes de que acabaras de zurcir las heridas de las noches mal dormidas (y sólo pido que no me cobres alquileres, que no me desahucies). El precio de una okupación son de tres a seis meses de multa, y recae sobre el invasor que enciende las luces sobre los ángulos oscuros del salón. El precio de invadir un país, en cambio, recae sobre el invadido. Es decir, sobre los otros pero, al fin y al cabo, sobre los mismos siempre y cada vez.

Y yo intentando vivirte gratis. A ver cuándo se me deja de olvidar que todo tiene un precio, que todo se compra y se vende y se alquila (pero sé, claro que lo sé, que no eres mercader, que sólo vives -como todos vivimos sin quererlo- en un mercado). Y es que desde el momento en que nacemos o incluso antes de nacer, hasta con la materia de que están hechos nuestros sueños se va especulando, a todos nos levanta de la cama el euribor más cero tres por ciento. Nos vamos hundiendo lentamente en una espiral crematísitica hasta que sólo quedan cenizas en una urna por la que el Estado amablemente nos cobrará una tasa.

Buenos días, mundo.

1.12.08

In, Des, Estabilidad

Cuando beso tiendo a caerme. Cuando te beso me cuesta mantener el equilibrio. No sé aspirar a otra cosa. La estabilidad y la inestabilidad son cosas distintas pero, en el fondo, tal vez, no se diferencien tanto. O tal vez hemos escrito la primera página de nuestro Pequeño diccionario de palabras incomprendidas. Normal cuando se ha vivido. La inestabilidad es, para mí, inevitable. Y necesaria. No es una excusa. Ni lo va a ser. Si a veces me he sentido atrapado y como herido de muerte o casi muerte, permíteme que no quiera sentirme o sentarme con excesiva comodidad, que me dé miedo la imagen de mi cuerpo tumbado bocarriba junto al tuyo, demasiado semejante a un cadáver.

Porque, pero: al fin y al cabo ni yo mismo me lo acabo de creer. Y bajo una manta morada, junto al calor de tu cuerpo, lo único que deseo es una ósmosis chiquita.
Y lo único que deseo es
disolverme

suavemente.