22.7.09

Las ventanas de mi lista

Recuerdo que una vez hice una lista de cosas que me producían melancolía. Un elemento de la lista eran las chimeneas. Otra, esos lugares, locales pequeños donde huele a humedad. También, sentarme en la calle de noche y ver las ventanas encendidas en los bloques de pisos.

Era una lista muy circunstancial: muchos de estos olores se relacionan con episodios muy concretos de mi vida. Por ejemplo, cuando tenía trece o catorce años me gustaba muchísimo una muchacha de mi grupo scout; y este olor a humedad que aún -aún- me produce melancolía no es otro que el olor del local del grupo, que me recuerda su recuerdo. El recuerdo de las chimeneas también se me afianzó en la misma época, pero se remonta tantísimo atrás en el tiempo. Muchos momentos dulces de mi infancia están vinculados a una chimenea, así que también comprendo perfectamente el porqué en este caso.

Pero no comprendo por qué esta melancolía al observar la luz de las casas a través de las ventanas, desde la calle. Tal vez porque nunca me he sentido totalmente en casa, desde los trece o catorce años. Tal vez porque desde esa edad he ido tomando conciencia de que todo acaba por irse, pero al mismo tiempo sólo se va cuando está cerca, dentro. Por eso, la luz de la casa, desde lejos, es eterna y trae esa melancolía de las cosas que no podrían ser cuando yo esté.

Sé que moriré algún día, creo firmemente -aunque tiemble al decirlo- que dejaré de existir para siempre. Sé que será el momento en que todo se habrá ido definitivamente. He intentado usar este miedo para espolear mi vida, pero lo único que he conseguido es ser incapaz de detenerme, es necesitar caminar como respirar, es haber dejado crecer este terror a la ausencia de movimiento, y ahora todo se ha quedado enmarañado de malas hierbas.