Un personaje de una novela de Pérez-Reverte decía que las personas que trabajaban con las manos le parecían más nobles. Yo ya apenas uso las manos. No toco, no aferro, no recojo más que con la vista, otras palabras que luego mastico. Treinta veces cada una para una correcta digestión, para dar tiempo a que la amilasa de mi saliva disuelva los enlaces alfa glicosídicos que unen las sílabas entre sí. Ya apenas uso las manos. Más que para escupir palabras.
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