10.1.10

10 de enero

Las maletas están hechas: sólo falta empacar este ordenador (qué difíciles son los malabarismos para evitar el sobrepeso). A punto de volver a empezar lo que empecé por vez primera hace exactamente un año. Hace unos seis meses de la foto de la derecha. Meta es un pueblo del golfo de Nápoles, meta es una cinta al final de la carrera de 100 metros lisos, meta es ese horizonte borroso hacia el que avanzamos.

Empecé 2009 como había terminado 2008: con una sensación de transitoriedad que no se marchaba. Todo estaba en el aire: dónde viviría, a qué dedicaría mi vida fuerza de trabajo, qué amigos conservaría y cuáles acabaría perdiendo, si alguna vez sería capaz de empezar bien una relación. Luego, curiosamente, tras algo que llegó como un accidente -seis meses en un lugar extraño- la transitoriedad comenzó a disiparse. Es curioso y no sé si me gusta que mi vida comenzara a fraguarse precisamente allí. De 2009 he escapado con una relación a distancia, una carrera universitaria incipiente, dos posibles compañeras futuras de piso, algunos nuevos amigos y muchos otros que vinieron y se marcharon o que nunca llegaron a llegar -aunque sólo haya quedado patente hace poco.

Aunque tengo muchas cosas provisionales, no siento que esté construyendo sobre humo, como antes. No es garantía de nada, y sigo pensando que una gran parte puede desaparecer en cualquier momento. Pero es distinto, porque ahora sí siento las raíces bajo mis pies y empiezo a descubrir cosas que quiero defender. Cada elección me ha acercado más a ello, descubriéndome algo que deseé o mostrándome algo que no desearía.

Y por eso después de un año hay tantas cosas que han cambiado. Y por eso el 10 de enero de 2009 y el 10 de enero de 2010 serán muy similares en apariencia, pero tan diferentes en el fondo.