11.5.11

Nos han puesto un precio

Dice Silvio Rodríguez me pregunto qué negocio es este / en que hasta el deseo es un consumo...

Nos han puesto un precio, muchos. La palabra técnica es mercantilización: la sujeción progresiva de nuevas parcelas de la vida a las lógicas del mercado. Todo se compra y se vende. El agua, la luz y hasta el azar pasan a manos privadas. Nos está cayendo un chaparrón de códigos de barras y cuando intentamos abrir el paraguas el lobo sopla y fu, el armazón del paraguas se rompe como si en lugar de metal sus varillas fueran los nervios de una hoja seca. Crac.

De todo se hace un producto. La revolución ya no es lo que era, ahora se procesa en una fábrica y se empaqueta en cómodos paquetes sin gastos de envío. Ojalá fueran solo camisetas del Ché. Hay dos carteles en un ING Direct cerca de la facultad que me abren la úlcera cada vez que los veo, dos carteles que dicen No nos mires, únete y Sea inconformista. Un anuncio de Banco Popular me pregunta si quiero ser 500 euros más feliz, como si la felicidad se midiera en euros del mismo modo que la intensidad luminosa se mide en candelas. Media Markt promete luchar por mí, pero aún no les vi gritando en la calle con el puño cerrado ni parece que se enteraran de que La revolución no será televisada.

En la Edad Media, las iglesias con sus campanas marcaban el ritmo al que pasaba el tiempo. Por eso el emergente poder civil colocó relojes en las torres y las fachadas de los ayuntamientos. Y ahora, en un nuevo giro de la historia, es El Corte Inglés el que anuncia la llegada de la primavera o de esa cosa llamada navidad.

Ya ni siquiera el tiempo libre es libre porque el tiempo libre es la materia prima de la industria del ocio. La libertad ahora es estar delante de una máquina expendedora de latas de Coca-Cola con una moneda en la mano. Clásica. Light. Zero. Frente a la taquilla de un multicine. Recorriendo con el puntero del ratón la lista de vídeos sugeridos de Youtube.

Soy solo un cuerpo delante del Mercado. Recuerdo una vieja consigna, Hacer del carro de la compra un carro de batalla. Cierro los ojos en la calle para reducir el ruido del tráfico a olas del mar y siento en los párpados rojos la luz del día. Acude a mis labios el siguiente verso de la canción de Silvio -¿qué me haré cuando facture el sol?- y mis brazos escalan el aire para abrazar todo el calor de su circunferencia.

2.5.11

Saudade

Todo o cais é uma saudade de pedra. Es una frase de un poema de Fernando Pessoa. Casi todas las palabras son similares al español, salvo cais - que significa muelle - y saudade - que no tiene traducción. Bueno, técnicamente la tiene: sería el término castellano "saudade", tomado directamente del portugués. Ter saudades sería algo parecido a echar de menos, pero no es sólo eso. Los académicos que quitaron la tilde al guion hablan de "soledad, nostalgia, añoranza". Pero, de nuevo, es más que eso. Wikipedia dice - nada menos - que "describe un profundo sentimiento de melancolía producto del recuerdo de una alegría ausente, y que se emplea para expresar una mezcla de sentimientos de amor, de pérdida, de distancia, de soledad, de vacío y de necesidad". Es el recuerdo de una vida pasada que nos hace sentirnos en cierto modo vivos de nuevo. Y tal vez todavía no sea eso. Imagino que es necesario tener raíces en un país cuyos habitantes estuvieron toda la vida mirando al mar para entenderlo. Dicen también que este concepto nació en las colonias en Brasil para describir esa ausencia que se sentía al recordar las tierras de la metrópoli, las personas queridas que allí habían quedado. O tal vez surgió en las comunidades de esclavos negros llevados a la fuerza a las colonias americanas, y luego los portugueses se apropiaron - como de tantas otras cosas - de este término. Cuando estuve en Lisboa, en las mesitas en penumbra o en un rincón de una casa de fado, pude atisbar lo que era la saudade. Porque el fado está empapado de saudade como la magdalena de proust lo está de té caliente. Ahora mismo echo de menos, o tal vez tenha saudades de esos locales esas copas de vino y esa voz ese sonido de la guitarra. El estuario del Tajo abriéndose horizontal y las olas rompiendo sobre la piedra del muelle. Ese río o mar dejándose morir o matándose enmarcado por dos columas y esas nubes anaranjándose y esos enjambres de gaviotas. Y el olor.